Los Órdenes del Amor, órden nº 4.

A cada uno el lugar que le corresponde.
En realidad este orden es una derivación del
primero. Parece sencillo y hasta obvio, pero no siempre se da. Cuando se cumple
y cada uno asume con claridad el lugar que el contexto le asigna, las
relaciones se despliegan con claridad, nutrición y gratitud. Por ejemplo, el
hijo que es hijo y no pretende tomar el lugar de padre de sus
padres, o de pareja invisible o de amigo o confidente de alguno de ellos; o los
padres que mantienen su grandeza ante los hijos sin pretender obtener de ellos
lo que corresponde a sus propios padres, o a la pareja.
Lo mismo es aplicable a otros ámbitos más allá del
familiar. Por ejemplo, en el contexto educativo, lo ideal es que el maestro
asuma su lugar de enseñante sin pretender dar lecciones de paternidad, y que
los padres respeten y valoren a los maestros, que ayudan a los alumnos en el
proceso de desplegar sus alas en el mundo del conocimiento y de la vida.
Imaginemos que el gobierno que regula la educación lo hace con respeto a los
padres, a los alumnos, a los maestros y a los votantes que los eligieron. 
En
fin, cada uno en su lugar y en la función que el contexto le asigna. La
característica de las personas que reconocen claramente su lugar es que se
respetan y sienten un respeto espontáneo por los demás. Saben retenerse para no
abarcar lo que no les corresponde, pero abarcan sin dudar aquello que sí les
corresponde. 
El amor requiere por tanto de un cauce para orientarse, para
caminar en la dirección del gozo y del respeto interpersonal. En el sentido que
lo estamos formulando, siguiendo a Hellinger, el orden precede al amor y,
cuando es respetado y reconocido, el amor resplandece.
JOAN GARRIGA del libro Vivir en el alma (Ed.
Rigden-Institut Gestalt) capítulo Los órdenes del amor en el alma gregaria

Autor entrada: Maria Guerrero

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