LOS ORDENES DEL AMOR (óden 1)

Constelaciones
Familiares y los órdenes del amor
En las próximas entradas entraremos a conocer un poquito más de las constelaciones familiares y los ódenes del amor de la mano Joan Garriga, uno de sus máximos exponentes y autor de los libros “Vivir en el alma”; “El buen amor en la pareja” y ¿Dónde están las monedas?. 
Por JOAN GARRIGA
En las Constelaciones
Familiares, los órdenes principales, llamados Órdenes del Amor, son esenciales
para que el amor -que casi siempre está presente entre personas que se sienten
vinculadas- se torne bienestar y crecimiento. Son muy simples, y como veremos
guardan estrecha sintonía con las leyes que actúan en la conciencia del
colectivo. Son:
 
Orden nº 1. Asumir e interiorizar la prioridad de los
anteriores, que impediría que los posteriores se inmiscuyeran en sus asuntos.
Orden nº 2. Igual derecho a la pertenencia de todo y de todos
los que forman parte de la red de vínculos.
Orden nº 3. Atención y cuidado del equilibrio en el
intercambio, en las relaciones humanas, entre el dar y el recibir.
Orden nº 4. A cada uno el lugar que le corresponde.
El 1º orden del amor
nos dice que en la red de vínculos, todos sin excepción, con independencia de
si se les juzga positiva o negativamente, tienen el mismo derecho a pertenecer
y a ser incluidos y dignificados, permitiendo y exigiendo que asuman su destino
y sus culpas y las consecuencias de las mismas, cuando así fuera el caso. 
En la práctica
ocurre que los sistemas familiares excluyen o apartan a algunos de sus miembros
porque condenan su comportamiento, o porque su recuerdo es demasiado hiriente,
vergonzoso o doloroso. A veces, hay personas que murieron pronto, o personas
que se suicidaron, y esto ocasiona dolor o vergüenza en los descendientes, o
bien incluso padres a los que se juzga por no haber hecho lo adecuado o por
irresponsables, malos, maltratadores, abandonadores, alcohólicos, etcétera. 
En
realidad, excluir es un movimiento de la mente personal que trata de protegerse
de lo que le genera dolor. Pero la Mente Colectiva, el Alma común, no entiende
el lenguaje de la exclusión y sigue un principio existencial que reza que
“todo lo que es tiene derecho a ser tal como ha sido, y a ser reconocido
de esta manera”. 

Cuando este principio es respetado, como fruto de cavar
en el propio proceso emocional y asentir a los asuntos familiares, el pasado
queda liberado y el futuro puede ser fuerte y real. Cuando hay exclusiones, la
Mente Colectiva impone la consecuencia inevitable de que lo excluido será
encarnado de nuevo por personas posteriores, que no tienen nada que ver con el
asunto, y que muchas veces inconscientemente, sin saberlo, siguen el destino
del excluido. Es el efecto de las habitaciones prohibidas que atraen
inevitablemente a algunos en un intento fallido de elaborar y cerrar capítulos
dolorosos de los sistemas. ¿Cuántos se hacen alcohólicos siguiendo a un padre
despreciado por su alcoholismo? ¿Cuántos padecen un apego frágil a la vida
cuando en el corazón de la familia se les vive como miembros que reemplazaron a
alguien perdido por muerte temprana, por ejemplo, o se sienten atados a la
persona que falleció, y con dificultades para tomar la vida en plenitud?
¿Cuántos sienten impulsos suicidas cuando otros, anteriores, también se
quitaron la vida o bien se hicieron culpables de la muerte o la desgracia de
otras personas?

Autor entrada: Maria Guerrero

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