SUFRO, TODOS LOS DEMÁS SON FELICES

Un día caminaba por la calle sumida en mis preocupaciones. Atravesaba una época difícil, de esas que llegan sin avisar y te retienen durante un tiempo sumido en una especie de letargo, me sentía ausente del mundo, de todo lo que me rodeaba, pensaba que no podía hacer otra cosa que no fuera regodearme en el gran dolor que sentía.

Caminaba, como un fantasma, con pasos inciertos y mirada distraída que solo se detenía en la risa de las personas con las que me cruzaba, en las manos enlazadas de los enamorados, en los gestos entrañables de los amigos o de las madres con sus hijos, ¡qué feliz es todo el mundo!, pensaba, alimentando mi lamento. Al doblar una esquina me crucé, bueno casi choqué con una vieja conocida que me abrazó con agrado y me manifestó su cariño con su mirada acogedora y limpia. Tenía prisa y aún así se paró a hablar conmigo. Tenía prisa por llegar al hospital, dónde el día anterior habían operado a su hijo a vida o muerte por una grave lesión en el corazón.

Me di cuenta de que no todo el mundo es feliz a mi alrededor, cada uno tiene sus cosas como yo las mías. Me di cuenta de que me encierro en mi y con esas ideas lastimosas alimento mi desánimo, por lo que he decidido salir a la vida y agarrar mi desamor para atravesarlo y dejarlo en el pasado. En la vida hay épocas de todo y yo quiero dejar atrás el dolor para apuntarme a mi vida.

Autor entrada: Maria Guerrero