QUERER VIVIR O QUERER VIVIR

Las crisis forman parte de la vida.
Todas las personas atravesamos situaciones difíciles, problemáticas
incluso límites a lo largo de la vida que nos sumen en estados de
confusión y angustia. Pero sólo algunos recurren al suicidio como forma
de salida de ese laberinto loco que enturbia la mente, otros buscan
salidas para afrontar la dificultad fortaleciéndose en cada punto del
camino y capacitándose para salir a un sitio nuevo de sí mismos.
En una crisis suicida, ¿qué es lo que
hace la diferencia entre el deseo de vivir y el de morir? 
La vinculación
y el sentimiento de pertenencia son el alimento del deseo de vivir.
Una persona sometida a diálisis me
hablaba en una ocasión de su idea convertida en deseo de quitarse la
vida. Respondía a mi intento de reflejarle el dolor que supondría para
su familia su muerte, diciendo lo siguiente: “No le importará a nadie.
Mi mujer y yo hace años que dormimos en camas separadas, apenas nos
hablamos, sólo nos soportamos porque no hemos tenido el valor para
romper nuestro matrimonio. Mis hijos ni me preguntan cómo estoy y,
cuando se refieren a mí, lo hacen en términos despectivos. No tengo
amigos que me visiten ni trabajo por realizar porque esta enfermedad me
impide trabajar ¿Qué hago aquí? Solo soy un estorbo sujeto a una máquina
que limita mi vivir diario y, sobre todo, ¡estoy tan solo!”
La dimensión social del hombre es
fundamental para su desarrollo como persona. Necesitamos sentirnos
pertenecientes e integrados en un sistema a partir del cual
desarrollamos nuestra identidad personal. Cuando no es así y la
desvinculación o el desarraigo dominan la relación con el entorno
personal, aparece el aislamiento, falta de interés por los demás,
comunicación escasa y encerramiento en sí mismo favorecido por
mecanismos de defensa que acrecientan el muro ante la vida.
Los modelos aprendidos referentes al
modo de afrontar las dificultades suponen un referente poderoso, así la
imitación de repertorios de respuestas ante el estrés puede dar como
resultado la muerte en los casos en los que personas significativas
optaron por el suicidio. 
Recuerdo una adolescente de 16 años que hasta
en dos ocasiones se lanzó por el mismo balcón de su casa del que se
había lanzado su madre apenas unos años antes. En una de esas ocasiones,
por un desengaño amoroso; en la otra, por un suspenso y el temor a
decepcionar a su padre.
Las familias desestructuradas suponen
otra fuente de riesgo por las anomalías en la estructura de la
personalidad que la falta de amor, la comunicación abierta y las
carencias de cuidado y afecto pueden generar en sus miembros.
Por tanto, una de las cosas que marca la diferencia
entre querer vivir y querer morir es el sentimiento de pertenencia a un
grupo, a partir del cual desarrollamos nuestra identidad personal y nos capacitamos para crecer.

Autor entrada: Maria Guerrero

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